Por lo visto sólo me digno a escribir cuando el cupo de mis emociones llega a un nivel extremadamente alto… En fin, vamos allá.
Empecemos por el principio. Quién me iba a decir a mí hace un año dónde estaría viviendo, qué estaría estudiando, con quién compartiría mis hazañas. El tiempo corre, muy veloz, siempre lo hace. Por estas mismas fechas de 2010 estaba aferrado en Barcelona, escapándome con amigos a la playa, viviendo la verbena fuera de casa con otros tantos, comparando notas de selectividad y, por desgracia, resignándome a poder estudiar Comunicación Audiovisual. No obstante, el verano prometía muchísimo, con toda una semana viajando a través de España en tren y disfrutando de las noches de fiesta morellanas. Todo cambia, este año todo es diferente, y nos acordamos de estos cambios por insignificantes -aunque vitales- cosas; por ejemplo una canción, o dos yo tres, o todo un disco entero. Echo en falta esos ambientes.
Mi melancolismo, el hecho de guardarle al pasado un gran hueco en mi mente y en mi corazón, hace que me entristezca, en días como hoy. Esas grandes expectativas por todo lo que te rodeaba de hace un año, se han cumplido, sí, pero echas de menos esa sensación de tenerlo todo por delante. La vida no es una estación a la que se llega, es un tren en el que uno va inmerso. Esto es lo mismo: una vez logrado lo que querías, lo disfrutas, sí, pero no hay nada más, el reto se ha cumplido. Se podría decir que lo que me faltan ahora mismo son retos, expectativas en algo.
Me preocupa estar quejándome de mi situación actual, que en realidad no podría ser mucho mejor, pero siempre hay matices y matices. Y esos matices son las cosas que hacen de la vida un lugar apacible. Noto que me falta algo, y no descarto que sea esa media naranja que todos buscamos. Necesito llenar ese hueco, debo esforzarme para lograr que alguien lo tapie. Pero la búsqueda es cansada, frustante, agotadora y a veces fracasada.
En momentos como este, desearía trasladarme a años como el 2008, e incluso el 2006; muy buenos años para el Ssíctor aficionado. Empezar a conocer a buenas personas que más tarde se convertirían en amigos, descubrir experiencias fabulosas merodeando en ciudades como Zaragoza o la simple Castelldefels. Ante mí se abría un mundo que desconocía: el de los amigos de afición, con los que huír a cualquier lado sin importar qué filmar -no fotografiar sino filmar- porque lo único que nos importaba era divertirnos y matar una aburrida y extraña tarde de domingo. Qué tiempos más bellos e inocentes… Quizá mi afán por no olvidar esas épocas, e incluso por querer plantarme de pleno en ellas, sea porque temo al futuro, porque no sé que me depara, porque me falta valor para afrontarlo o esfuerzo para diseñármelo a mi manera. El primer asalto ha comenzado: el verano. Debo buscarme retos, plantearme desafíos para tener algo que hacer. Y es que es la distracción la única manera de echar el cerrojo al pasado, no acordándote de él por tener mejores cosas que hacer. Confío en que alguien me ayude a construir esos retos, a alzar mi propio (o nuestro) verano.

Todo cambia, para bien o para mal. Y la instrucción sigue siendo la de avanzar. Es complicado hacerlo con tantos recuerdos en el baúl, y tan buenos en comparación con los actuales. Pero si el esfuerzo es el doble, la superación también lo será, y también la satisfacción. Así que voy a hacerme una lista de tareas que cumplir para estar entretenido y de paso miraré qué puedo hacer este verano, con qué medios, con qué compañía -sobretodo con qué compañía que es lo primordial, igual que hace cinco años- y a qué destino; que con suerte no serán pocos. De momento ya he visto Toledo y no me importaría volver a hacerme pasar por turista italiano. El tiempo lo dirá.
Con muchos sentimientos revoloteando por mi cabeza y comenzando a avanzar,
Ssíctor_